La literatura y el valor de las palabras


Rulfo, Sabato,
García Márquez
y Heker
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por Agustín Gribodo
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Hay quienes creen que el lenguaje es algo rígido, pero no siempre las palabras dicen lo que deberían decir. A veces el uso desajusta los significados, y los escritores –que no hacen otra cosa que crear a partir de las creaciones del pueblo– patean el tablero conceptual. Comienza así a modelarse el lenguaje como un bollo de arcilla en manos de un alfarero. La transformación es permanente.
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En este artículo se muestran unos ejemplos de esas alteraciones y combinaciones sin las cuales la literatura sólo sería un cementerio de palabras clasificadas y archivadas:
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“El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara de Tacha...”
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. . . . . La frase pertenece al cuento Es que somos muy pobres, de Juan Rulfo, y en primer lugar el lector se encuentra con que el sabor –que puede ser agrio, dulce o amargo– es “a podrido”. Pero la cuestión no termina ahí, pues el lector también descubre que un sabor a podrido puede “salpicarle la cara”. Lo que hace Rulfo es escribir gusto en lugar de olor; es decir, le otorga a la sensación gustativa una propiedad olfativa. También le da a ese gusto a podrido la facultad de salpicar, es decir, materializa el olor y lo transforma en agua.
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En los momentos finales de la novela Sobre héroes y tumbas, cuando por la noche el protagonista Martín y el camionero Bucich orinan a un costado de la ruta, en un descanso en su viaje hacia el sur, Ernesto Sabato escribe lo siguiente:
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“El olor cálido y acre de la orina se mezclaba con los olores del campo.”
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Aquí Sabato, para describir un olor, recurre al sentido del tacto (calido) y al del gusto (acre). Es precisamente esta combinación de sensaciones, agradable la primera y desagradable la segunda, la que da una entidad diferente al olor de la orina. Y, hasta donde yo sé, no se ha encontrado una descripción literaria más precisa (breve y extensa a la vez) del olor de la orina.
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Por su parte, en El coronel no tiene quien la escriba, Gabriel García Márquez deja actuar a su personaje y escribe:
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“Octubre se había instalado en el patio. (...) el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos.”
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Que un mes se instale en el patio, vaya y pase; pero que además se sienta en los intestinos, ya es cosa seria. Sin embargo, si se tienen en cuenta el clima de octubre y los malos recuerdos que ese mes traía, cualquiera con un poco de sensibilidad puede saber, sin demasiadas explicaciones, de lo que está hablando García Márquez.
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En resumidas cuentas, sin esta resignificación de las palabras no habría literatura, por lo menos no en el sentido artístico que tiene para nosotros la literatura. Tampoco existiría ese corpus de metáforas populares que nutre a los escritores, esa magia que hace “llover a mares”, que “el cielo se venga abajo” o que alguien pueda “hablar hasta por los codos”.

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Conviene aclarar que no se trata de inventarles significados a las palabras o algo por el estilo. No todos los escritores tienen el genio de crear figuras nuevas y originales. Más aún, son pocos los que logran adjetivaciones que realmente aporten algo importante.
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Ejemplos del buen uso de los adjetivos pueden encontrarse en los cuentos de Jorge Luis Borges y en el ya célebre relato de Liliana Heker Un resplandor que se apagó en el mundo. En él, un muchacho que sufre el desengaño de un amor platónico se consuela con la visión de “la blanca, la inmutable, la inalcanzable cara de la luna”. Estos tres adjetivos empleados por Heker remiten, respectivamente, a la pureza, la eternidad y la utopía, todo lo que ese muchacho acababa de perder con la degradación del amor idealizado. Éste es un claro ejemplo del valor de los adjetivos y del peso de las palabras a la hora de escribir. La poesía, la narrativa, en fin, la literatura, no es otra cosa que la transformación del lenguaje en arte.
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La pintura que ilustra este artículo, Palabras del pensamiento, pertenece a la argentina María Cristina Fresca, de quien se puede saber más cliqueando aquí. El contenido de La literatura y... está dedicado a otro artista plástico, Franck de Las Mercedes, a propósito de una inquietud que me ha hecho llegar.
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5 comentarios:

Cynthia dijo...

Sin duda hubieras sido un excelente docente.

Agustín Gribodo dijo...

Gracias, Cyn. Viniendo de un docente tiene más valor.

Lolita dijo...

eres un excelente docente. Muy buenas las selecciones y aún mejor las explicaciones.
Un abrazo.

Ricardo Rubio dijo...

Esta nota tendría que salir en la primera página de los suplementos de publicidad artística de los diarios argentinos (Ñ, abc, etc.), quizás algunos de nuestros narradores se avisen qué cosa es literatura. Sé que esta sentencia es un poco fuerte, pero me tienen podrido con sus pobres lenguajes de feria.

Agustín Gribodo dijo...

Lolita, gracias por el halago. Si en algo sirve... el esfuerzo no fue en vano.

Ricardo, siempre irónico: esa "publicidad artística" a la que te referís les da de comer a las empresas editoriales hegemónicas y a sus elegidos. ¡Me extraña!