Los minicuentos de Ricardo Rubio


El jueves 3 de diciembre de 2009, a las 19, se presentará el libro Minicuentos grises, de Ricardo Rubio, en la sala Augusto Cortazar de la Biblioteca Nacional, en la ciudad de Buenos Aires.
Editado por el sello Antares, el libro cuenta con las ilustraciones de Rubén Pergament.
A continuación, como para entrar en clima, un minicuento gris de Rubio:

. . . Revancha

La dejó sola frente al juez de paz y se fue con otra que por otra abandonó al poco tiempo. Eso recordaba ahora con el tierno pensamiento de un niño asomado a la distancia. Miró a la loca del bar y pidió una botella. Desde entonces, el ocio del negocio lo consumía y el alcohol le agotaba las monedas, la garganta y le arrobaba del rostro. Un albur alborotado lo sumía en el fárrago atroz de una existencia llena de vacío y destiempo. Estaba recordándola cuando ella entró al local con una blusa ingenua y una pollera a dos aguas. Se miraron como en los viejos tiempos. Él sintió que lo buscaba; ella, que lo había encontrado. La mujer se detuvo sumisa ante su mesa y comparó el recuerdo con lo que estaba viendo. Ella sabía que él seguía en el oficio; se sentó, abrió la cartera y le mostró la foto de un fulano y un fajo de cinco que no ocultó hasta terminar con los detalles. Mirándola, él recordó la ingeniosa ingeniería de aquel cuerpo abierto a su última sonrisa, ahora mudo para él. Ella miró su reloj y ajena le dijo: “ahora”. Él consintió, se incorporó, se acomodó el treinta y dos todavía caliente de un asunto previo, y salió hacia la calle, dejándola allí, sumida en el ruido de la máquina de apuestas. Circuló por la avenida y encontró al candidato estacionado en la puerta del club donde ella le dijo que estaría. Se detuvo y caminó hacia el auto con el arma en la diestra. Al llegar, desde el asiento trasero le dispararon tres veces en el pecho. El humo aún recorría el silenciador cuando la mano enguantada del otro lo separó del caño. Media hora después, el sicario entró al bar, buscó a la mujer, se acercó a su mesa y reclamó el fajo de cinco, unos besos y, ya que estaba, una friega.
.

2 comentarios:

Ricardo Rubio dijo...

... y, ahora todos se vengan y no escriben nada. Podrían aprovechar para vengarse, acción recomendada en Asia para evitar el escorbuto, o podrían continuar así: fingiendo no ver, que es lo que yo haría.
Chas gracias, Agustín.

Alberto lago dijo...

El cuento presentado me sugiere realmente el color del título del libro. Si realmente es lo pretendido, mi enhorabuena.